
He soñado que haz llamado a mi puerta, casi desesperado por que se abriera y cruzáramos miradas, o tan sólo para abrazarme y sentir tus brazos necesitados rodeando mi cintura. Como cosa del destino así fue. Y por primera vez en toda mi vida te sentí tan cerca de mí, a pocos suspiros de besarte, de perder el control de mis manos. A tal punto de quedar sin palabras y sólo permanecer así por el resto del día. Casi despierto, pero ocurrió algo que cambio mi perspectiva, me di cuenta que me buscabas, que haz pasado todo este tiempo intentando encontrarte conmigo, y como cosa rara el destino decidió que este fuera ese momento. Y no sé por qué razón ni con qué pretexto finalmente lo consiguió. Finalmente supiste cuánto te he añorado, cuánto te he esperado y pensado. Querías verme bien y quizás fue la primera vez que me abrazabas mientras te maravillabas que yo aguantara triste y casi sin aliento la inagotable espera, que hoy culminó y decidió tocar a mi puerta por la mañana. Y me hizo inmensamente feliz, tanto que bastó un ruido para despertarme y no encontrarte al otro lado de la cama, como siempre vacía, como siempre sólo fue un sueño, y aún sigo inmersa en estas cuatro paredes que sólo me hacen pensarte. Desperté y mi día comenzó como de costumbre, “…de vuelta a realidad…”, -me dije-. Otra vez la rutina, despertar, tomar una taza de café en medio de la vacía habitación, salir y mientras mi día culmina pensar de nuevo en el sueño que sería encontrarte. Inútilmente tuve este sueño que no ha podido realizarse y que me hace sentirme completamente sola. Por eso estoy en esta carta tan confusa, con ansias de encontrar algo de paz en lo que pienso, no para reclamarle ni pedirle excusas al tiempo, sino para decirte que sin importar cuánto tardes, yo estaré aquí, sentada en una cama vacía y rodeada de paredes y sueños, sueños que espero despierten en la realidad, pues mis sueños todos están en ti.